La encíclica Laudato Si’ es uno de los aportes más enriquecedores en torno a la crisis climática

El Papa Francisco no se anda con vueltas. Entre otras cosas porque identifica la raíz humana de la degradación ambiental. Acompaña los diagnósticos con denuncias, siendo la principal de ellas el sometimiento de la política al poder económico, que se erige en el auténtico soberano del que dependen todas las decisiones. Este poder, a menudo manchado de corrupción (y de sangre), pretende justificarse con la aplastante lógica tecnocrática de un desarrollo que nunca llega para las verdaderas necesidades humanas. Lógica vinculada a un modelo consumista que hace del mundo un inmenso basural. No valen argumentos cuando solo importa maximizar el beneficio para los pocos (individuos o clases políticas) que provocan una depredación sin límites mientras muchos la sufren con grave riesgo para su supervivencia.

Los diagnósticos del Papa se apoyan en documentos consensuados por la mayoría de los países del mundo, como la Declaración de Estocolmo (1972) de la Cumbre de la Tierra (Río, 1992), la Carta de la Tierra (La Haya, 2000) o la Conferencia de Río (2012). Sin embargo tales declaraciones, y las resoluciones adoptadas, son ineficaces. Urge lograr acuerdos que se cumplan, y marcos regulatorios globales que impongan obligaciones y que impidan acciones intolerables.

Hasta aquí la mirada abierta a los grandes escenarios. Pero creo que lo novedoso del la encíclica Laudato Si’, que resume la preocupación del Papa respecto a la crisis climática, puede encontrarse en su capacidad de descubrir factores de cambio que en perspectivas globales resultan invisibles. Factores cuya magnitud actual no puede compararse con los monstruosos procesos de degradación planetaria. Fuerzas en apariencia insignificantes, pero que sumadas y alentadas pueden resultar decisivas. Un ejemplo: en algunos lugares se decidió recurrir a energías renovables. ¡Y han generado incluso excedentes! Consecuencia: «mientras el orden mundial existente se muestra impotente para asumir responsabilidades, la instancia local puede hacer una diferencia. Pues allí se puede generar una mayor responsabilidad, un fuerte sentido comunitario, una especial capacidad de cuidado y una creatividad más generosa».

El Papa descubre puntos esperanzadores de luz en «jóvenes que luchan admirablemente por la defensa del ambiente»; en pueblos indígenas que saben vivir en armonía con la naturaleza y cuidar sus territorios; en «habitantes de barrios precarios» que son «capaces de tejer lazos de pertenencia y de convivencia»; en la familia, donde se aprende «a pedir permiso sin avasallar (…), a dominar la agresividad o la voracidad»; en «el amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo». Y en la «innumerable variedad de asociaciones que intervienen a favor del bien común» a cuyo alrededor «se desarrollan o se recuperan vínculos y surge un nuevo tejido social local».

Es «gracias al esfuerzo de muchas organizaciones de la sociedad civil» que «las cuestiones ambientales han estado cada vez más presentes en la agenda pública». Nosotros también combinando esfuerzos, podemos «obligar a los gobiernos a desarrollar normativas, procedimientos y controles más rigurosos»; porque «si los ciudadanos no controlan al poder político –nacional, regional y municipal–, tampoco es posible un control de los daños ambientales».

Saludable contrapeso a las perspectivas que confían en sistemas impersonales o «recetas uniformes». Las orientaciones del Papa no apuntan a identificar una solución, sino a sumarlas todas. Y entre ellas, el acento (aparente paradoja) está en el cuidado de los vulnerables. Esto solo parece posible desde una visión espiritual que valora a la vez la vida humana y el universo natural. Quien la comparta, por más limitado que se sienta, descubre que el mundo está (también) en sus manos.


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